El Australian Open 2026 ha quedado envuelto en una controversia que trasciende lo deportivo para entrar en el terreno de la innovación tecnológica y el reglamento. Figuras de la talla de Carlos Alcaraz, Jannik Sinner y Aryna Sabalenka se vieron obligados a retirarse sus pulseras inteligentes “Whoop” antes de sus encuentros, tras una directiva estricta de la organización del torneo. La decisión ha generado un profundo malestar entre los jugadores y sus equipos técnicos, quienes consideran que estos dispositivos son herramientas esenciales para el monitoreo de la salud y la prevención de lesiones, y no instrumentos que otorguen una ventaja competitiva desleal.
La controversia estalló cuando la jueza de silla Marija Cicak solicitó a Carlos Alcaraz, actual número uno del mundo, que se quitara el brazalete que llevaba oculto bajo su muñequera antes de comenzar su partido de cuarta ronda. El tenista español acató la orden sin resistencia pública, aunque luego manifestó su incomprensión ante la medida: “Son reglas del torneo, pero son cosas que te ayudan a cuidarte más y controlar las cargas”. De manera similar, Jannik Sinner y Sabalenka expresaron su frustración, señalando que estos sensores están aprobados por la WTA y la ITF en otros torneos del circuito, lo que deja al Grand Slam australiano en una posición de aislamiento reglamentario.
El núcleo del conflicto reside en la interpretación del uso de datos biométricos en tiempo real. Mientras que el fabricante Whoop y los atletas defienden que el dispositivo solo mide variables como la frecuencia cardíaca y la recuperación, los organizadores en Melbourne Park temen que el acceso a estos datos pueda ser utilizado para el “coaching” externo o para alterar la integridad del juego. Will Ahmed, CEO de la empresa tecnológica, calificó la prohibición de “ridícula” y afirmó de manera contundente en redes sociales: “Los datos no son esteroides”. Para la marca, privar a los deportistas de su información de salud durante el esfuerzo máximo es un retroceso en la ciencia aplicada al deporte.
Desde una perspectiva institucional, Tennis Australia ha indicado que el asunto está bajo discusión, pero se mantiene firme en la aplicación del reglamento vigente del torneo para esta edición. Los expertos en rendimiento deportivo advierten que esta disparidad de criterios entre los Grand Slams y el resto de los torneos de la ATP y WTA genera una confusión innecesaria para los profesionales. Además, señalan que otros dispositivos, como los chalecos con GPS, están permitidos pero resultan incómodos para los tenistas, lo que hace que la prohibición de las pulseras —mucho más ergonómicas— sea vista como una medida arbitraria y poco adaptada a la realidad del deporte de alto rendimiento.
El impacto social y económico de esta medida también es relevante, dado que muchos de estos tenistas son embajadores globales de la tecnología vestible (wearables). La prohibición pone en tela de juicio los contratos de patrocinio y la visibilidad de marcas que invierten millones en el desarrollo de herramientas para atletas. Por otro lado, abre el debate sobre la privacidad de los datos: ¿quién es el dueño de la información biométrica de un jugador durante un partido oficial? Esta es una pregunta que las autoridades del tenis mundial deberán responder de manera unificada para evitar que cada torneo se convierta en un campo de batalla legal y tecnológico.
A medida que el torneo avanza hacia sus rondas decisivas, la prohibición se mantiene como un recordatorio de la tensión entre la tradición y la modernidad. Si bien Alcaraz, Sinner y Sabalenka han logrado avanzar en el cuadro sin sus dispositivos, la sensación de incomodidad persiste en el vestuario. El futuro del tenis profesional parece encaminarse inevitablemente hacia la integración de la tecnología biométrica, pero el episodio de Melbourne demuestra que el camino hacia un consenso global será complejo. La resolución de esta polémica marcará un precedente para los próximos Grand Slams de la temporada, como Roland Garros y Wimbledon.





