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ARGENTINA BAJO EL MICROSCOPIO: ¿ES REALMENTE UN PAÍS CARO O BARATO EN COMPARACIÓN GLOBAL?

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Un reciente informe comparativo de precios que analiza productos idénticos en diez países, incluyendo a la Argentina, ha reavivado el debate sobre el costo de vida en el país y su competitividad económica. A pesar de las sucesivas devaluaciones y el contexto inflacionario, el estudio revela que Argentina presenta una realidad dual: mientras que los servicios básicos y ciertos alimentos son comparativamente económicos en dólares, los bienes de consumo durables, la indumentaria y la tecnología se encuentran entre los más caros de la región y del mundo. Esta distorsión de precios internos plantea un desafío significativo para el bolsillo de los ciudadanos y para la planificación macroeconómica.

El análisis destaca que la brecha de precios se profundiza al observar productos de tecnología y electrodomésticos, donde la carga impositiva y las barreras a la importación elevan el costo final hasta un 50% por encima de países como Estados Unidos o Chile. En contraste, bienes básicos de la canasta alimentaria, como la carne vacuna y el pan, siguen posicionando a la Argentina como un país “barato” para quienes poseen divisas extranjeras, aunque esta percepción no coincide con el poder adquisitivo del salario local. Esta brecha entre el costo en moneda dura y el esfuerzo salarial es lo que genera la sensación de una “Argentina impagable” para el trabajador promedio.

Economistas del sector privado sostienen que la distorsión de precios relativos es consecuencia de años de inflación acumulada y una estructura de costos logísticos y laborales que no ha logrado estabilizarse. Al comparar el precio de una misma marca de ropa o un modelo específico de smartphone, Argentina queda sistemáticamente rezagada en competitividad frente a socios comerciales del Mercosur. El informe sugiere que, para un turista extranjero, comer en un restaurante de Buenos Aires puede resultar una oportunidad de ahorro, pero para un residente, adquirir calzado deportivo representa una proporción del salario mucho mayor que en el resto de los países analizados.

Otro factor determinante en esta ecuación es el impacto de los servicios públicos y los combustibles. Tras los recientes ajustes tarifarios, Argentina ha comenzado a cerrar la brecha de subsidios, lo que la desplaza de ser un país extremadamente barato en términos de energía a uno con costos más alineados a la media regional. Sin embargo, este proceso de “sinceramiento” de precios impacta directamente en la inflación núcleo, encareciendo toda la cadena de valor y reduciendo el margen de ahorro de las familias, lo que a su vez frena el consumo interno.

En el ámbito regional, la comparación con Brasil y Uruguay muestra que Argentina ha perdido la ventaja competitiva que ostentaba hace algunos años. Uruguay, tradicionalmente considerado un país caro, ha visto cómo la brecha de precios en la frontera se reducía debido a la dinámica inflacionaria argentina. Según expertos en consumo masivo, el país atraviesa un proceso de “nominalidad alta” donde los precios de lista cambian con tal frecuencia que la referencia de lo que es “caro” o “barato” se pierde para el consumidor, generando conductas de compra defensivas y una mayor dispersión de valores.

La proyección para el próximo año indica que, si se logra una estabilización del tipo de cambio y una desaceleración de la inflación, los precios internos deberían tender a converger con los internacionales, aunque este proceso será lento y doloroso. La resolución de si Argentina es cara o barata dependerá, en última instancia, de la recuperación del salario real y de la eliminación de las distorsiones impositivas que encarecen la producción local. Mientras tanto, el país continúa siendo un escenario de contrastes económicos donde el lujo resulta prohibitivo y lo básico se vuelve cada vez más difícil de sostener.

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