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LA INMUTABLE CAPACIDAD DE VLADIMIR PUTIN PARA ABANDONAR A SUS ALIADOS SEGÚN EL AJEDREZ GEOPOLÍTICO

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La reciente dinámica en la política exterior del Kremlin ha vuelto a poner de manifiesto una de las características más pragmáticas y, para muchos, implacables del liderazgo de Vladimir Putin: su capacidad para sacrificar alianzas históricas en función de la supervivencia del Estado ruso. En un escenario global marcado por la prolongación del conflicto en Ucrania y el aislamiento internacional, Moscú parece estar redefiniendo sus prioridades, dejando a socios estratégicos en situaciones de vulnerabilidad extrema cuando sus intereses dejan de estar alineados con los objetivos inmediatos de la presidencia rusa.

Analistas internacionales coinciden en que esta “frialdad estratégica” no es un fenómeno nuevo, sino un pilar de la doctrina de seguridad del Kremlin. Históricamente, Rusia ha utilizado su influencia en regiones como el Cáucaso, Asia Central y Medio Oriente para consolidar su estatus de potencia, pero los eventos recientes sugieren que el costo de mantener ciertos compromisos se ha vuelto prohibitivo. La falta de apoyo militar o diplomático directo a antiguos aliados en momentos de crisis interna demuestra que, para Putin, la lealtad es un activo negociable y siempre supeditado a la estabilidad del frente interno y el control territorial cercano.

Este alejamiento ha generado una creciente desconfianza entre los países que forman parte de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) y otros socios regionales. Informes de inteligencia y expertos en geopolítica señalan que la percepción de Rusia como un “garante de seguridad confiable” se está erosionando rápidamente. Cuando las naciones aliadas observan que el Kremlin prioriza exclusivamente su campaña militar en Europa del Este, comienzan a buscar alternativas de protección y comercio en potencias rivales como China o, incluso, a explorar un acercamiento cauto hacia Occidente.

En el plano económico, el abandono no solo es militar, sino también financiero. Las sanciones internacionales han limitado la capacidad de Moscú para actuar como prestamista o inversor en las economías periféricas que dependen de su flujo de capital. Esta retracción ha forzado a gobiernos que antes gravitaban en la órbita rusa a enfrentarse a crisis de deuda y desabastecimiento, exacerbando la sensación de orfandad política. El mensaje desde Moscú es implícito pero contundente: en la actual lucha por un nuevo orden multipolar, cada actor debe ser capaz de sostenerse por sus propios medios.

La retórica oficial del Kremlin, no obstante, intenta disfrazar estos movimientos bajo el velo de la soberanía y la no injerencia. Sin embargo, la realidad en el terreno muestra una desconexión creciente entre las promesas de cooperación y la ejecución de acciones concretas. La política exterior rusa parece haber mutado hacia un realismo extremo donde solo existe espacio para alianzas que ofrezcan un beneficio directo a la maquinaria de guerra o a la elusión de sanciones, relegando cualquier compromiso ideológico o histórico a un segundo plano.

A largo plazo, esta tendencia de “aislamiento selectivo” podría reconfigurar el mapa de influencias en Eurasia de manera irreversible. Si bien Putin logra concentrar sus recursos en los desafíos inmediatos que amenazan su gestión, el vacío de poder dejado por su retirada está siendo llenado por actores que prometen mayor estabilidad. La reflexión final que surge de este comportamiento es si el costo de abandonar a los aliados terminará por dejar a Rusia sola en un escenario internacional donde, paradójicamente, la fuerza de una potencia se mide también por la solidez y la confianza de sus vínculos externos.

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