El Super Bowl LXI ha quedado grabado en la historia de la cultura pop no solo por el espectáculo deportivo, sino por la monumental presentación de Bad Bunny durante el show de medio tiempo. El artista puertorriqueño logró romper récords de audiencia global, consolidando el dominio absoluto de la música en español en los escenarios más prestigiosos de Estados Unidos. Sin embargo, lo que comenzó como una celebración del orgullo latino derivó rápidamente en una intensa polémica política debido a los mensajes sociales y las referencias visuales incluidas en su coreografía, las cuales interpelaron directamente a la administración actual y a las políticas migratorias vigentes.
La puesta en escena fue un despliegue tecnológico sin precedentes, donde el género urbano se fusionó con elementos tradicionales de la cultura caribeña, enviando un mensaje de identidad y resistencia. Analistas de la industria del entretenimiento destacan que el “efecto Bad Bunny” ha llevado al Super Bowl a alcanzar picos de rating en mercados internacionales que tradicionalmente no seguían el fútbol americano, especialmente en América Latina y España. Este fenómeno no es solo musical; representa el poder económico del consumidor hispano en territorio estadounidense, un segmento que las marcas y la NFL buscan cautivar de manera prioritaria.
No obstante, la controversia no tardó en estallar en redes sociales y medios de comunicación conservadores. Durante una de sus canciones más emblemáticas, el artista proyectó imágenes que fueron interpretadas como una crítica directa a las restricciones en la frontera y a la situación política de Puerto Rico respecto a su estatus con Estados Unidos. Según expertos en comunicación política, el uso de una plataforma de tal magnitud para emitir proclamas ideológicas genera una división inmediata en la audiencia, poniendo a los organizadores del evento en una posición delicada entre la libertad artística y los intereses comerciales de sus patrocinadores.
A pesar de las críticas, el impacto en la industria es innegable. Las reproducciones de la discografía del “Conejo Malo” se dispararon en un 400% en las horas posteriores al evento, y su presentación es ya considerada por muchos críticos como una de las mejores de la década, a la altura de hitos establecidos por figuras como Beyoncé o Prince. La capacidad del artista para mantener su esencia lírica, sin recurrir a la traducción de sus temas al inglés, se percibe como un acto de soberanía cultural que resuena profundamente en una generación de jóvenes latinos que ven en él a un referente de éxito sin concesiones.
Desde el punto de vista del marketing deportivo, este Super Bowl confirma que la NFL ha decidido apostar por la diversidad como estrategia de expansión global. La elección de Bad Bunny no fue fortuita, sino el resultado de un estudio de mercado que identificó al artista como el puente perfecto entre el deporte estadounidense y la audiencia globalizada. Sin embargo, el debate sobre si el deporte debe ser un espacio libre de política sigue abierto, con sectores de la audiencia exigiendo que los espectáculos de medio tiempo vuelvan a un formato exclusivamente enfocado en el entretenimiento ligero y apolítico.
El legado de este show se medirá en los próximos meses a través de la evolución de las giras mundiales y la influencia que tendrá en futuros artistas hispanos. Bad Bunny ha demostrado que el español ya no es una barrera, sino un motor de convocatoria masiva. Mientras la polémica política se disipa, lo que permanece es la certeza de que la música latina ha dejado de ser un nicho para convertirse en el nuevo estándar del espectáculo mundial, desafiando fronteras geográficas y convenciones sociales.





