El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, ha comenzado a desplegar una agenda con tintes claramente presidenciales, buscando proyectar su gestión más allá de los límites bonaerenses. Bajo la premisa de construir una “nueva identidad” para el peronismo, el mandatario provincial ha intensificado sus recorridas por el centro del país, una región históricamente esquiva para el kirchnerismo duro. Esta maniobra busca seducir a sectores productivos y clases medias mediante un discurso que prioriza la gestión estatal frente a las políticas de ajuste nacional.
El diseño de esta proyección electoral no es casualidad; responde a la necesidad de Kicillof de erigirse como el principal referente de la oposición en un mapa político reconfigurado. Sin embargo, este crecimiento territorial y discursivo profundiza la grieta interna con La Cámpora, la organización liderada por Máximo Kirchner. A pesar de compartir el mismo espacio político, las diferencias estratégicas y el control de la estructura partidaria mantienen un conflicto latente que dificulta la unidad de mando necesaria para un proyecto nacional sólido.
Desde el entorno del gobernador, señalan que es momento de “renovar las canciones”, una metáfora que alude a la necesidad de actualizar el mensaje político para conectar con un electorado desencantado. Este enfoque busca despegarse de las figuras más tradicionales del espacio y construir una legitimidad propia basada en los resultados de su administración provincial. No obstante, los analistas políticos advierten que la resistencia interna de los sectores que responden directamente a la ex vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner representa un techo que Kicillof aún no ha logrado perforar.
Los conflictos territoriales, especialmente en distritos clave del conurbano bonaerense, son el reflejo de esta disputa de poder. Mientras Kicillof intenta municipalizar su gestión y armar estructuras propias, La Cámpora defiende sus espacios de influencia con recelo. Esta puja se traduce en una gestión que, por momentos, parece avanzar en dos direcciones paralelas: una enfocada en la resistencia contra las políticas del gobierno nacional y otra en la supervivencia política dentro de una interna partidaria que se vuelve cada vez más pública y agresiva.
En el centro del país, específicamente en provincias como Córdoba y Santa Fe, el discurso de Kicillof intenta matizarse para resultar menos polarizante. El desafío es mayúsculo, dado que debe equilibrar su lealtad al núcleo duro del kirchnerismo con la apertura necesaria para captar votos fuera de su zona de confort. Los referentes del sector agroindustrial y las cámaras de comercio locales observan con escepticismo este acercamiento, evaluando si la propuesta del gobernador representa un cambio real o simplemente una nueva estética para el mismo modelo económico de años anteriores.
El futuro político de Kicillof dependerá de su habilidad para gestionar estos dos frentes simultáneos. En el corto plazo, su capacidad para mantener la paz social en la provincia de Buenos Aires frente al ajuste nacional será su principal carta de presentación. En el largo plazo, el éxito de su proyecto electoral estará supeditado a su habilidad para resolver —o al menos contener— la interna con La Cámpora sin que esto signifique una ruptura que fragmente irreversiblemente el voto opositor en las próximas contiendas legislativas y ejecutivas.





