Un reciente informe del Observatorio de la Deuda Social de la UCA y datos actualizados del INDEC correspondientes a febrero de 2026 han revelado cifras impactantes sobre la pirámide de ingresos en el país, estableciendo los umbrales necesarios para que una familia sea considerada parte del 10% más rico de la población. En un contexto marcado por la volatilidad económica y una brecha social que continúa profundizándose, pertenecer a este decil superior requiere hoy ingresos mensuales que superan los varios millones de pesos, alejándose drásticamente de la realidad de la clase media y de los sectores vulnerables que luchan por cubrir la Canasta Básica Total (CBT).
Para que un hogar sea catalogado dentro de este selecto “sector acomodado”, debe superar un piso de ingresos que, según especialistas del sector financiero y social, se ubica por encima de los 7 millones de pesos mensuales en los centros urbanos más importantes. Estas cifras contrastan fuertemente con la línea de pobreza, que en enero de 2026 alcanzó los $1.360.299 para una familia tipo de cuatro integrantes. Esta disparidad estadística evidencia que el 10% superior no solo cubre sus necesidades básicas, sino que dispone de un excedente significativo para el ahorro, el consumo de lujo y la inversión en activos dolarizados, una capacidad prácticamente nula para el resto del espectro social.
El análisis de los datos duros permite observar una fragmentación interna incluso dentro de la clase media. Según el informe de Idecba, el umbral de la clase media se sitúa a partir de los $2.201.157, pero existe un amplio segmento denominado “medio frágil” que se encuentra en riesgo constante de caer en la pobreza ante cualquier ajuste inflacionario. En cambio, el 10% más rico se caracteriza por una mayor resiliencia económica, con ingresos que provienen mayoritariamente de posiciones jerárquicas, rentas financieras o actividad empresarial, lo que les permite indexar sus ingresos de manera más eficiente frente al aumento generalizado de precios.
Expertos sociológicos señalan que esta concentración de la riqueza no es un fenómeno nuevo, pero se ha agudizado debido a la estructura impositiva y a la dinámica de los salarios reales, que han corrido por detrás de la inflación en los sectores menos calificados. Mientras el Salario Mínimo, Vital y Móvil (SMVM) apenas cubre una fracción de la canasta alimentaria, los sectores del decil 10 han logrado mantener su poder adquisitivo a través de la diversificación de sus carteras. Esta realidad plantea desafíos significativos para la cohesión social, ya que la distancia entre el ingreso promedio de un trabajador y el de una familia rica se ha multiplicado en la última década.
La implicancia política de estos datos es directa en el debate sobre la equidad y el diseño de políticas públicas. De acuerdo a analistas económicos, la presión tributaria sobre los sectores más altos sigue siendo un tema de debate en el Congreso, en medio de las discusiones por reformas fiscales que buscan incentivar la inversión sin descuidar la recaudación. Por otro lado, la percepción de “riqueza” en Argentina está hoy muy distorsionada por la inflación: lo que hace dos años era un ingreso de clase alta, hoy apenas alcanza para sostener un estándar de vida medio en ciudades como Buenos Aires o Córdoba.
Hacia adelante, se espera que la brecha de ingresos siga siendo el principal indicador de la temperatura social en el país. El impacto futuro de esta distribución dependerá de la capacidad de la economía para generar empleo de alta productividad que permita a los sectores medios y bajos ascender en la escala de ingresos. Sin embargo, mientras el umbral para ser considerado “rico” continúe alejándose de manera exponencial del ingreso mediano nacional, la polarización económica seguirá siendo una de las deudas pendientes más críticas de la estructura social argentina.





